Otra mirada
- Guachos
- 6 nov 2018
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 6 nov 2018
Cuando preparábamos el viaje a Buenos Aires nos hacíamos una idea de todo lo que íbamos a disfrutar en esta experiencia, nuevos aprendizajes, salir de la zona de confort o aprender a sobrellevar la morriña. Pero no sospechábamos que este viaje nos iba a cambiar tanto la forma de ver y entender la realidad. Nosotros veníamos con una maleta de prejuicios que fuimos eliminando y a su vez, nos encontramos con una realidad plagada de contrastes que nos hicieron replantearnos lo que dejamos atrás y admirar cosas a las que antes ni le prestábamos atención.
Desde que vamos a la escuela nos hablan de los ricos y de los pobres, del primer y el tercer mundo, pero creo que nunca llegamos a ser conscientes de lo que eso significa. Hoy hablamos de los países desarrollados o en desarrollo, pero cuando lo decimos, ¿Somos conscientes de que el 80% de la población mundial vive en el segundo grupo?¿ Y que el 82% del dinero que se generó en el mundo en 2017 fue al 1% más rico de la población global?. Pero el concepto de desarrollo humano va más allá de lo económico, se basa en el acceso a la alimentación, sanidad y educación, en la evolución de todos los habitantes hacia mejores niveles de vida. Argentina se encuentra en el puesto 45, siendo la tercera potencia de Latinoamérica, frente al puesto 27 de España.
Esto lo leemos continuamente pero nunca lo alcanzamos a asimilar. Cuando te paras en el Monumento a los Ingleses en Buenos Aires puedes obtener la imagen perfecta para entenderlo. A tu izquierda contemplarás los hoteles más lujosos de la ciudad como el Sheraton, a tu espalda tendrás la Plaza San Martín, “La París de Sudamérica” por sus palacios y mansiones de estilo francés. Y a tu derecha, entre la terminal de ferrocarril y la de trenes verás el acceso a la Villa 31. Una de las 55 villas miseria de CABA, donde se estima que residen unas 45.000 personas con carencias en cloacas, alumbrado público, red de gas, calles asfaltadas, escuelas, centros de salud, zonas verdes o seguridad. Separados del barrio más caro de la ciudad por unas vías del tren.
Esta visión te hace posicionarte por primera vez en la otra cara del relato, eres solo un espectador al que se le caen todas las fichas y se da cuenta en el mundo en el que vive. El estado de bienestar, la seguridad, el acceso a la salud, la educación, los servicios básicos o la nevera llena los tienes siempre y nunca pensaste que podían faltar. Vivimos en un mundo de obesos y del derroche, mientras que en el granero del mundo, el país de las vacas y la soja, la población pasa hambre. En el que una niña de 6 años te vende lápices en el Subte para poder ayudar a su familia a comer. Donde puedes caminar por la avenida de las pizzerías y los teatros y encontrarte en una esquina a toda una familia con niños malviviendo en la calle. Donde en pleno verano o invierno, están los cartoneros rumbeando por toda la ciudad arrastrando un carro con sus manos recogiendo los cartones para luego venderlos.

También vivimos la explosión de una crisis económica que hizo que en unas horas los sueldos y los ahorros de la población valiesen la mitad por culpa de una brutal devaluación de la moneda. Donde el acceso a los bienes básicos y la canasta de consumo se limitó por culpa de una inflación sin frenos, los despidos y los tarifazos. Vimos como otra vez el país se sumió en una situación de emergencia que provoca una brecha de desigualdades y empobrece a la población. En 2001 con el corralito más de la mitad del país era pobre. Hoy lo son un 48% de los niños y un 33 % de la población, que no podrán satisfacer sus necesidades básicas, que verán mermadas o anuladas sus oportunidades de desarrollo personal. Con todas las consecuencias que esto supone.

Una vez en una clase de economía nuestro profesor nos dijo “Un chico de una villa a vuestra edad tiene la gran parte de sus compañeros en la cárcel, con problemas de drogas o están muertos y cree que la vida no vale nada. Ni la suya ni la del resto. Que suceda esto es culpa de todos.”
Te hace sentirte pequeña e impotente, también agradecida y privilegiada por haber nacido y crecido en un entorno donde nunca me faltó de nada pero que nunca había valorado tanto. Como dicen aquí, “vivimos en una nube de pedo” sin darnos cuenta que nuestras decisiones en la vida, nuestro trabajo, nuestro consumo y a quién votamos, puede parecer algo muy pequeñito pero tienen un gran impacto en la comunidad. Abrir los ojos cuesta, pero lo más importante es ser conscientes de lo que vemos y actuar en consecuencia.



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