Domingo
- Guachos
- 20 may 2018
- 2 Min. de lectura

Durante unos instantes antes de abrir los ojos para despertarme, tuve esa sensación de domingo a la mañana en Pontedeume, me imaginé un día con sol, el bocata en Vilarrube, la visita al vivero. Luego abrí los ojos y me di cuenta que estaba en Buenos Aires. No fue un sentimiento feo, fue raro… de domingo. Aquí o allá los domingos son raros, te invade una morriña y una melancolía propia del día. En Galicia, era el momento en que más añoraba a esa familia que sabía que existía pero que nunca tenía la oportunidad de disfrutar.
Desde pequeña envidié mucho a mis amigos porque sus domingos eran comidas en casa de sus abuelos. En las visitas a Argentina aprovechaba a conectar un poco más con los abuelos, los tíos, los primos. Y a pesar de que eran semanas increíbles, llenas de todo eso que siempre añoraba, nunca era suficiente para poder conocerlos a fondo. Nunca era suficiente para hacerme una idea del concepto familia como todo el mundo tenía. Siempre estaba el fantasma del billete de vuelta y el desconocimiento de cuando iba a regresar. Con el tiempo aprendí a vivir con esto y a disfrutar de lo que sí tenía, una familia diferente, especial e increíble.
Por mucho que tenía asumido esta ausencia, aquí estoy, en Argentina. Aprovechando cada momento libre para huir a casa de mis abuelos, para invitar a mis primos a casa, a disfrutar cada mateada como si fuese única. Hoy hace cuatro meses que estamos aquí, y no puedo explicar con palabras lo importante que está siendo para mí poder vivir tan cerca de mi familia, sentirlos y conocerlos. Estoy viviendo todo lo que durante toda mi vida imaginé.
Hoy es domingo y sigo echando de menos, ahora a mis padres y a Mauro. Nunca puedes tenerlo todo, pero aprendes a valorarlo. Soy muy afortunada por tener lo que tengo, por haber pasado el domingo en Buenos Aires, con una compañía tan especial, aprendiendo de los cambios, de las emociones y de las nuevas experiencias.




Comentarios